(Voz de Origen Quechua, Qukawi) 1.- Refrigerio, tentempié. 2.- Provisión de víveres que se llevan para un viaje. 3.- A bag lunch or snack that you bring with you somewhere.

SOY IMPRUDENTE….OK, pero no siempre fui así.


Como diría el cliché popular, si ganara un peso por cada vez que alguien me dijera “imprudente” o cualquiera de sus sinónimos- jamás sus antónimos-, probablemente no estaría repartiendo mis 24 horas en dos pegas, un blog de dudosa calidad con escasa actualización y el proyecto de cursar una carrera vespertina para ser “menos” periodista y “un poco más” profe de pendejos de media.

Pero sin duda no sería la única millonaria y los Farkas serían el pan del día a día. Justamente aquella imprudencia que muchos considerarían uno de mis peores defectos- junto a mi personalidad dispersa o  distraída, como quieran llamarlo-, constituye uno de mis principales logros, pues no siempre fui imprudente. Siempre, desde pequeña, deseaba ser menos prudente de lo que sentía que era. Un complejo desafío…

Por ponerla clarita: deseaba dejar de morderme la lengua, como solía hacerlo no frente a todo- pues hay quienes que afirman que no he cambiado mucho desde entonces-, pero como solía hacerlo con un gran cúmulo de cosas que veía a diario, que sentía, imaginaba, repudiaba o soñaba. Cosas que finalmente caían mal al estómago y, según mi teoría de entonces, era el origen de todos los mareos y desmayos que han llegado desde entonces al menos una vez por año.

Siempre fui verborreica, no les miento. Pero sentía que la mayor parte de las cosas que hablaban si bien eran sinceras, no revestían ni la más mínima pizca de riesgo. Me explico: sólo hablaba lo estrictamente correcto y algún par de huevás medias desquiciadas también, alegrías desmesuradas que me hacían trinar más fuerte que los pájaros, mejorando incluso su idioma, agregando jergas “pajarísticas” como diría Juan Luis Martínez…pero nada que SIGNIFICARA algo más abstracto y literal que lo que hablaba.

Por supuesto siempre fui parlanchina, sin embargo me embargaba una timidez exagerada que sólo pocos podían descubrir tras aquel bombardeo de palabras y brillos de antifaz. Yo sabía cuándo me descubrían, y entonces enrojecía o palidecía, dependiendo de la ocasión y del ánimo, sin ningún motivo especial.

Y por lo mismo, si bien las palabras salían de manera automática por aquella bomba llamada boca, esta última parecía tener una gemela fantasma, que me mordía una lengua igualmente gemela, silenciando una parte gigantesca que habitaba dentro de mí. HABLABA, pero no sentía que me comunicaba con nadie. Me miraban, pero nadie me veía. Me escuchaban, pero NADIE podía oírme.

Más adelante y mientras avanzaron los años sobre mi sendero, llamado Fernanda y llamado Coka (o llamado de tantas maneras como nombres tiene el Diablo), comencé a obligarme a moderme un poco menos, a quitarme a la fuerza ese maldito hábito de callar lo importante…lo URGENTE para decir.

Paralelamente y debido a ese voraz silencio que parecía morderme el alma de paso, no pude evitar comenzar a escribir.. Escribía en papeles lustres, sobre las tapas de los cuadernos de la escuela y ocasionalmente, sobre algunos muebles. Y me parecía que todo podía convertirme en víctima de esa hambrienta VOZ disfrazada de TINTA.

Por supuesto mi personalidad y por tanto mi tinta no era tan grave como ahora y sólo escribía sobre aquellas sensaciones o pensamientos inexpresables por alguien de mi edad. Pronto descubrí que el tema tenía bien poco que ver con la edad. Menos aún con el tamaño: llegué a ser la pendeja más alta de mi curso, la más parlanchina, la más pecosa y, a la vez, la más tímida y sonámbula.

Así como existían días en que ansiaba salir al recreo y conversar con mis amigas, otros días no deseaba otra cosa que estar sola, mirar el pequeño jardincito de la escuela y quedarme mirando las piedras, una por una, perdiéndome en mi cabeza.

No intento con esto darles una idea de una pequeña intelectual, volada y con vocación de escritora. Yo quería lo que quisieron todos los niños y soñaba con convertirme en cantante, rockera, modelo de Miss 17 y propietaria de un gran boliche de golosinas (es que me gustaban, quizás demasiado…)

Mi pelea con la escritura- porque eso ha sido desde su inicio, una relación enamorada pero compleja y a ratos angustiante-, comenzó más por mi deseo de volverme gradualmente en ese ser “IMPRUDENTE” que deseaba ser, en esa chica que pudiera abandonar, de una vez por todas, aquella prudencia que no hacía otra cosa que alejarme de mi.

EN FIN…ha sido un esfuerzo sostenido por años, el dejar de morderme la lengua. Y, por supuesto como todo, el comunicar lo que callaba se había transformado en la práctica en algo mucho menos fascinante que lo que la teoría prometía: lo que pretendía ser un camino hacia la libertad del alma, me conducía a la vez a los riesgos de aquella libertad, a la SELVA, es decir, LIBRE pero EXTRAVIADA.

Cuando comencé a dejar mi timidez de lado- aún continúo siéndolo, aunque nadie quiera ni pueda creerlo-, cuando dejé atrás el miedo de hablar y logré con esfuerzo sacar las PALABRAS afuera y darle a su vez un decanzo a la TINTA, resultaba que mi entorno, aquel con el cual deseaba comunicarme a toda costa, aquel que recibiría mis palabras de una vez por todas, comenzaba  a considerarme “demasiado imprudente”.

No entendía nada y en esa selva, descolocada como me encontraba, no podía entender qué había resultado mal. En dónde estaba lo excesivo.

Desde aquel experimento y en vista de los resultados, me pegué de frente con una durísima verdad: ERA MUY PROBABLE QUE JAMÁS DEJARA DE ESCRIBIR.

No por ello dejé de hablar. Me pareció poco importante la valoración que el resto hiciese de mis avances comunicativos. Nadie me aplaudía por la valentía prestada que tuve que ponerme todos los días.

Comencé de a poco, como quién temeroso de lanzarse a una piscina comienza a tirarse agua cobardemente, para reducir el impacto del cambio de temperatura.

USTEDES COMENZARON. SOY IMPRUDENTE…OK, pero no siempre fui así. También fui muchos años una niña dulce, una pendeja idiotamente silente, casi agonizante de cobardía, de miedo, de verguenza de hablarles.

Hoy hablo, hoy escribo cada cierta cantidad de semanas o meses o cuando se me da en gana. Hoy me llaman “imprudente” y, a pesar de todo, continúo callando y tragándome la lengua, por miedo o cobardía, frente a un sinnúmero de cosas.

Más silencio, a estas alturas, no sólo me parece un retroceso descabellado, sino también un proyecto del todo imposible.

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